sábado, 13 de abril de 2013

Sus ojos grises

Estamos sentados en la mesa del comedor, es un espacio amplio, y muy acogedor. Las paredes están decoradas con mis dibujos, los que hacía cuando era pequeña, hasta ahora. Me hacen sentir bien, cada uno tiene un recuerdo guardado.
 El fuego de la chimenea nos arropa mientras disfrutamos de los animales que hemos cazado durante esta semana. Las miradas de mis padres se cruzan con las mías, no entiendo porque estamos en silencio, normalmente hablamos de como ha ido nuestro día, o de cualquier tema.
Incómoda por el silencio, decido romperlo de una manera algo tonta, pero no se me ocurre otra cosa.

-Cinzia deberá estar contenta hoy-  Susurro intercambiando la mirada con mis padres.

-Desde luego, es una noche estupenda para cazar- Es una de las pocas veces que mi madre habla sobre caza, siempre está callada, silenciosa. A veces creo que trama algo. La idea me hace soltar una carcajada. Ambos me miran sorprendidos, y esbozan una sonrisa, la primera de la noche.

Después de cenar, subo rápido a mi habitación. Dejo la puerta entreabierta para cuando llegue Cinzia, mientras tanto me tumbo boca abajo sobre la cama, y cojo mi cuaderno de dibujo. Es la estancia de la casa donde mejor me llega la inspiración. El ambiente que crea el color galleta de las paredes, decoradas con atrapasueños, unos dibujados, otros que cuelgan... También aquí tengo dibujos decorando puertas y armarios. Pero, lo más extraño, es que ninguno tiene color. A veces me preguntan por qué, simplemente, lo veo más bonito así.

Unas pisadas arañando el suelo me despiertan de mis pensamientos. Alzo la mirada para ver a un hermoso lobo blanco aparecer por la puerta. Sus ojos grises se iluminan al verme, y en seguida me incorporo, y me acerco para acariciar su lomo, y juguetear con sus orejas. Junto mi frente con la suya y observo su mirada de más cerca aún. Su boca dibuja una sonrisa, nadie la vería, excepto yo.

-Mi pequeña Cinzia- La susurro en un tono cariñoso, que solo ella conoce. La conozco desde que era un cachorro. La encontré un día mientras acompañaba a mi padre a cazar. Recuerdo que la escondí en mi abrigo, y al llegar a casa la cuidé en mi cuarto, llevándola sobras de comida. Cuando mis padres la descubrieron, no les quedó otra que aceptarla como una más de nuestra familia, y desde entonces ha sido más que mi mascota, ha sido mi mejor amiga, mi hermana, y mi mayor protectora.

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